No lo hacen como un chiste de mal gusto. No lo hacen con el afán de ofender (Ni siquiera un pueblo tan herido y despojado de su cultura como el argentino sería capaz de provocarse a sí mismo). No lo hacen para llamar la atención (Hay formas de hacer eso sin aparentar ser un idiota). Tampoco lo hacen por estética.El creciente aluvión de remeras con el estampado de la bandera británica recorre desde hace semanas las calles de la Argentina y sus inconscientes portadores se multiplican día a día, cual si fueran horripilantes criaturas recién escapadas de los planos de un videojuego, dispuestas a atacar en cualquier momento y comerse el cerebro de cualquiera que se le acerque.
Y realmente están por todas partes las citadas remeras. Caminando por el centro de Rosario somos testigos de cómo copan las principales vidrieras con sus colores rojo, azul y blanco. Atacan sin armas, lo hacen de lamanera más peligrosa pero ¡Cuidado! No lo hacen solas. Casualmente esta moda se impone mientras el Mercosur firma un importantísimo acuerdo que impide a los barcos con bandera del archipiélago abastecerse en sus puertos, convenio al que se sumó Chile (Sí, para los que se quedaron en el tiempo, Chile nos apoya), y demuestra que Argentina no está sóla en su reclamo. Llega en el momento en el que el tema de la soberanía de las islas comienza a ser tratado en todo el mundo, y cuando hasta hay un diario inglés (The Guardian) que cuestiona la política inglesa con respecto a este tema.
Es éste el contexto en el que surgen de repente estas personas, en general muy jóvenes (nacidas seguramente mucho después de la guerra del '82), que visten ropas que ofenderían a cualquier argentino con sentido común. Llegan para apoyar inconscientemente la embestida cultural inglesa y decir "Mírenme, soy vulnerable... pueden hacer de mí lo que ustedes deseen".
Esperemos que estas remeras sólo sean un distintivo idóneo para reconocer estúpidos caminando por la vía pública, y que no se conviertan en una muestra más de que hemos perdido la conciencia y el amor hacia nosotros mismos.
Germán Gilio






